martes, 15 de marzo de 2011

Relato de San Valentín

14 de febrero de 2011
16:36

Buenas tardes socios y socias del club.

Supongo que es inevitable hacer mención al día en que estamos y lo que se celebra. Un día que me da profundas arcadas si he de ser sincero, porque al contrario que en otros países, aquí sólo se celebra el amor entre parejitas, y los arrumacos y las demostraciones en forma de bombones, cenas y regalitos son imperativos. Y eso lo detesto profundamente, por un lado por mi natural tendencia a desechar tales demostraciones, y por otro por la hipocresía latente en algunas de estas celebraciones. ¿O soy el único que conoce parejas que salen a celebrar este día "porque es lo que hay que hacer", aún cuando quienes conocen bien a ambos cónyuges saben que en realidad ellos no tienen nada que celebrar? Pues ahí lo dejo.

Pero como tampoco quiero sonar muy cenizo, dejo una pequeña historia que escribí el otro día, pensando si iba a celebrarse algún tipo de concurso de relatos, y en tal caso, enviarla a ver si rascaba más puntos. Y es que quiero ver a Slytherin conseguir su tercera copa. Orgullo de serpiente, qué le vamos a hacer. Bueno, espero que la historia guste.


Relato de San Valentin


La Historia de las Varitas Enamoradas.

Érase una vez, hace algunos siglos, un joven mago y una joven bruja que se profesaban una gran antipatía y rivalidad desde el día que se conocieron camino de Hogwarts, que por aquel entonces apenas llevaba un siglo en funcionamiento. El joven mago, cuyo nombre era Deimos, era alto y ancho de hombros. Tenía el castaño cabello largo hasta los hombros, la nariz bulbosa y astutos ojos negros. Había quedado huérfano a muy temprana edad. Sus padres (un mago y su esposa muggle) habían sido acusados de brujería después de que descubrieran a su padre usando magia, y fueron condenados a morir en la hoguera. Su padre pudo haberse salvado, pero prefirió poner a su hijo a salvo y morir junto a su esposa. Por estos motivos, el muchacho era de carácter reservado y algo hosco, detestaba a los pro-muggles, tenía fama de iracundo y se había ganado no pocos castigos por resolver sus disputas con otros alumnos a base de embrujos y con improvisados duelos por los pasillos. Muchos estudiantes le tenían miedo, y eran pocos los que se contaban entre sus amigos, aunque éstos, Slytherin como él, le tenían en gran estima.

Angmar era una joven bruja del mismo curso que Deimos, y también de la casa Slytherin. Tenía el pelo liso y negro como el azabache, la piel pálida y los ojos verdes. Era corpulenta aunque esbelta, y a sus diecisiete años su cuerpo ya mostraba formas muy femeninas que eran la envidia de otras alumnas. Era inteligente y astuta, aunque muy orgullosa. Aunque tenía buen corazón y era afable y bondadosa con sus amigos, provenía de una familia de magos, y mostraba tal desprecio por los nacidos de muggles y mestizos, que muchos la consideraban familiar directa del propio Salazar. Fueron estos prejuicios los que propiciaron su enemistad con Deimos, pese a ser compañeros de curso y miembros de la misma Casa. Ambos jóvenes se detestaban. Angmar creía que Deimos no era digno de convertirse en un mago plenamente instruido, y a él no le hacía ninguna gracia la forma en que trataba a los mestizos como él, y a los nacidos de muggles. Pese a su animadversión, lo cierto es que ambos jóvenes nunca se habían batido en duelo. El hecho de pertenecer ambos a la misma Casa les hacía creer que una pelea entre ellos sería una especie de deshonra para Slytherin. Hasta que un día, cuando ambos estaban en séptimo, a punto de terminar sus estudios. estalló una discusión entre los dos mientras debatían sobre la pureza de sangre. La discusión se fue acalorando más y más, hasta que ambos jóvenes terminaron sacando sus varitas.

Aunque eran muy diestros y hábiles, ninguno de los hechizos que intentaron surtió el más mínimo efecto contra el otro. Por algún motivo que no lograban comprender, sus varitas funcionaban perfectamente hasta que las obligaban a enfrentarse, lo cual dejó a ambos estupefactos y les hizo olvidar momentaneamente sus rencillas. Deimos, que había leído acerca del efecto del encantamiento invertido, sugirió que tal vez sus varitas compartían núcleos gemelos, pero Angmar desechó acertadamente esa hipótesis, pues sabía que en tal caso una de ellas habría obligado a la otra a "vomitar" sus encantamientos en orden inverso. En cambio, las varitas simplemente no actuaban.

Intrigados, decidieron averiguar la causa de este fenómeno. Ambos terminaron sus estudios y se graduaron junto con sus compañeros, y luego emprendieron la búsqueda del fabricante a quien habían comprado sus varitas años atrás, y que se había retirado poco después, según pudieron averiguar. Viajaron juntos hacia el noreste de Europa en su busca, y durante aquel viaje, Angmar supo de la tragedia infantil de Deimos. Eso le hizo reflexionar. Lo cierto es que ella nunca había pensado a fondo aquel asunto, y se limitaba a repetir las creencias sobre la pureza de sangre que había escuchado desde la cuna, y aceptado como válidas desde entonces. Pero saber que los nacidos de muggles y los mestizos eran perseguidos por los propios muggles la perturbó, y la pérdida prematura de Deimos le enterneció el corazón. El cambio en la actitud de ella hizo que con el tiempo, el odio que hasta entonces le había tenido él se tornara en aprecio, y la antipatía en afecto. Angmar enfermó durante el viaje, y Deimos la colmaba de atenciones, y ella mejoraba un poco, aunque no se curaba, para aflicción de él.

Llegaron a una lejana aldea en lo más recóndito de la actual Rumanía, donde vivía el fabricante retirado. Éste escuchó el problema de las varitas, pero no sabía cual podía ser el motivo. Los núcleos de ambas varitas eran de animales distintos, fibras nerviosas de corazón de dos dragones de una especie extinta. Pero un dragonologista del lugar, amigo del fabricante, escuchó su conversación por casualidad, y supo hallar el motivo del problema:

"Los dragones de esa especie se emparejaban de por vida" les explicó. "y vivían cientos de años. Los últimos ejemplares eran una pareja muy anciana que vivían en la reserva de esta región. Un invierno la hembra enfermó, y el macho no se separó de ella. No salía a cazar y no dormía mientras su compañera sufría. Pese a nuestros esfuerzos, ella murió y el macho se tumbó junto a su cadáver abrazándolo, y al poco tiempo murió también. Los enterramos juntos, pero aprovechamos la piel, la sangre y los órganos, y vuestras varitas están hechas con las fibras nerviosas de sus corazones. Creo que de algún modo se han reconocido, y por eso vuestras varitas no pelearán la una contra la otra. Por amor."

Angmar y Deimos regresaron pensativos a la posada donde se alojaban. Aquella noche, Angmar empeoró. Su piel estaba llena de erupciones purpúreas y apenas podía respirar. Deimos estaba desesperado, sin saber qué hacer, pues ninguno de los hechizos y pociones curativas que conocía había surtido efecto. Sentado en el lecho de la convaleciente Angmar, tomó sus manos entre las suyas y la acunó en su pecho. Ella sentía que se acercaba su final.

- ¿Me echarás de menos cuando me haya ido, Deimos? - le preguntó.

- ¡No digas eso! - respondió él. - No quiero perderte por nada del mundo, Angmar. Me pasé siete años odiándote sin llegar siquiera a conocerte realmente, y ahora no soporto pensar que cada instante pueda ser el último. Te amo.

- Yo también - dijo ella mientras sonreía débilmente, y haciendo un esfuerzo le miró a los ojos. - Yo tambien... te amo.

Los latidos de su corazón eran muy débiles. Los dos se daban cuenta de que la vida de ella se consumía por momentos. Él la atrajo hacia si y con lágrimas en los ojos, la besó. Con ese beso quiso decirle sin palabras todo lo que sentía, y ella se lo devolvió, como queriendo decirle que se llevaría aquel beso cuando se fuera de este mundo. Los débiles latidos de su corazón parecían espaciarse cada vez más...

Y de repente les inundó una cálida luz dorada. Las varitas, que reposaban juntas en la mesita junto a la cama, estaban unidas por las puntas y los bañaban a ambos en luz. Deimos notaba que un fuego cuyo calor no quemaba nacía en su pecho y se deslizaba por sus brazos y su boca hasta Angmar. Y ella sintió aquel calor deslizándose por sus pulmones y sus venas, y notó como si todo su cuerpo despertara. La luz se hizo más intensa, y parecía que no existía nada salvo la luz, y entonces, tan súbitamente como había aparecido, se apagó.

Sus labios se separaron, y sus ojos, ardientes a causa de las lágrimas, se abrieron. Y la sorpresa y la alegría asomaron en los rostros de ambos, pues Angmar estaba curada. Respiraba con normalidad y no había ni rastro de las pústulas. Se abrazaron, lloraron de alegría y rieron juntos, pues entendían que era el amor la magia que había actuado allí aquella noche y que les había unido y salvado. Y desde el interior de sus varitas, pero también en algún lugar muy lejano y desconocido, las almas de los dragones se abrazaron también, pues el amor de sus propietarios les había vuelto a unir por toda la eternidad.