Miércoles, 05 de octubre de 2011
23:11
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Buenas noches a tod@s.
Hoy vengo a hablar de un tema delicado, incómodo y tabú. No sé si hay menores afiliados a este club, pero aunque es un tema para todos los públicos (y que de hecho se trata en la saga pottérica), no es agradable. De modo que si este tema te incomoda, puedes pasar a las siguientes secciones y pestañas, que son mucho más alegres. Hoy vengo a hablar de la muerte. La muerte real de una persona que conocemos y queremos.
Dentro de 24 horas, se cumplirá una semana exacta de la muerte de una persona muy querida para mi. Una persona que para mi fue una segunda madre, maestra, educadora, proveedora, enfermera, cuidadora, ejemplo a seguir, y sobre todo, un claro ejemplo de amor (por no hablar de su talento mágico, que en cierto modo lo tenía). Hace seis días que falleció mi abuela.
Por mucho que uno lea sobre el tema, por mucho que llore al leer en las páginas de un libro como termina la vida de un personaje con el que te has encariñado, a veces de forma injusta o patética, creo que nada te prepara para el dolor que supone experimentar esa pérdida de primera mano. Yo tenía la gran suerte hasta ahora de tener a todos mis familiares más cercanos con vida, así como a mis amigos. Sí, había perdido familiares a los que conocía y quería, pero con ellos, el tiempo y la distancia en vida sirvió para mitigar el efecto de la pérdida. Esta vez no ha sido así. Aunque todos sabíamos que el momento estaba cerca (debido a su enfermedad), nada puede evitar ni paliar el dolor del momento en que ves un rostro inerte donde siempre contemplaste un cara que te miraba con amor, ni el de cuando abrazas por última vez un cuerpo que ya no te va a corresponder. Y cuando contemplas el sufrimiento de las personas que quieres al despedirse de ella, el mismo sufrimiento que tienes tú.
Pero no quiero enviar un mensaje de desesperación, sino todo lo contrario. Yo nunca he sido muy creyente, ni religioso en lo relativo a lo que nos espera tras la muerte. Pero hoy tengo la certeza de que hay algo. Y es algo bueno. En los últimos días, en los que mi abuela estuvo totalmente inconsciente en la cama donde habría de morir, pude hablarle sobre el viaje que le esperaba. Y ella respondía con gestos, apretando la mano o alzando la ceja. Luchaba contra su propio miedo a dejar este mundo. Y en su último día, entendió que no podía seguir aferrándose a esta existencia, y que tenía por delante la tarea de ser pionera en adentrarse en el más allá, para prepararnos el camino a los que nos quedamos aquí llorándola, y guiarnos cuando llegue nuestro momento. Eso es algo que le dije, sé que ella me escuchó, lo comprendió, y pudo marcharse en paz. Es una de esas certezas que tienes sobre algo sin saber porque, pero estás absolutamente convencido de que es cierto. Como diría Albus Dumbledore, la muerte no es más que la siguiente gran aventura. Eso es algo que hoy entiendo, y mi abuela, donde quiera que se encuentre, también.
No hay que temer a la muerte, ni envolverla en oscuridad ni en miedo. El amor es la única respuesta a la oscuridad.
Dentro de 24 horas, se cumplirá una semana exacta de la muerte de una persona muy querida para mi. Una persona que para mi fue una segunda madre, maestra, educadora, proveedora, enfermera, cuidadora, ejemplo a seguir, y sobre todo, un claro ejemplo de amor (por no hablar de su talento mágico, que en cierto modo lo tenía). Hace seis días que falleció mi abuela.
Por mucho que uno lea sobre el tema, por mucho que llore al leer en las páginas de un libro como termina la vida de un personaje con el que te has encariñado, a veces de forma injusta o patética, creo que nada te prepara para el dolor que supone experimentar esa pérdida de primera mano. Yo tenía la gran suerte hasta ahora de tener a todos mis familiares más cercanos con vida, así como a mis amigos. Sí, había perdido familiares a los que conocía y quería, pero con ellos, el tiempo y la distancia en vida sirvió para mitigar el efecto de la pérdida. Esta vez no ha sido así. Aunque todos sabíamos que el momento estaba cerca (debido a su enfermedad), nada puede evitar ni paliar el dolor del momento en que ves un rostro inerte donde siempre contemplaste un cara que te miraba con amor, ni el de cuando abrazas por última vez un cuerpo que ya no te va a corresponder. Y cuando contemplas el sufrimiento de las personas que quieres al despedirse de ella, el mismo sufrimiento que tienes tú.
Pero no quiero enviar un mensaje de desesperación, sino todo lo contrario. Yo nunca he sido muy creyente, ni religioso en lo relativo a lo que nos espera tras la muerte. Pero hoy tengo la certeza de que hay algo. Y es algo bueno. En los últimos días, en los que mi abuela estuvo totalmente inconsciente en la cama donde habría de morir, pude hablarle sobre el viaje que le esperaba. Y ella respondía con gestos, apretando la mano o alzando la ceja. Luchaba contra su propio miedo a dejar este mundo. Y en su último día, entendió que no podía seguir aferrándose a esta existencia, y que tenía por delante la tarea de ser pionera en adentrarse en el más allá, para prepararnos el camino a los que nos quedamos aquí llorándola, y guiarnos cuando llegue nuestro momento. Eso es algo que le dije, sé que ella me escuchó, lo comprendió, y pudo marcharse en paz. Es una de esas certezas que tienes sobre algo sin saber porque, pero estás absolutamente convencido de que es cierto. Como diría Albus Dumbledore, la muerte no es más que la siguiente gran aventura. Eso es algo que hoy entiendo, y mi abuela, donde quiera que se encuentre, también.
No hay que temer a la muerte, ni envolverla en oscuridad ni en miedo. El amor es la única respuesta a la oscuridad.